Los psicólogos que sabían demasiado

Los psicólogos que sabían demasiadoEn nuestra práctica clínica resulta difícil no juzgar a las personas. Es uno de los retos a los que se enfrenta un terapeuta.

Dos personas sentadas en una habitación enfrentan sus complejidades para resolver el problema de tan solo una de ellas. Es un sendero de incertidumbre. Puede darse la fascinación, la seducción en un sentido estricto. Puede proyectarse un sueño, una ilusión. Puede vislumbrarse un gran objetivo vital y puede ser éste el mármol que lo sostenga todo. Pero no debe darse el juicio. Ni el moral ni el ético ni el de clase. Exige un gran respeto por el camino que hasta ese encuentro decidió o consiguió seguir el otro.

En el backstage de la salud mental se oyen a veces voces que resuenan a juicios. Vienen de un tiempo en que la psicoterapia era casi una doctrina moral. Algo así como la imposición de un camino que se presuponía llevaba a la excelencia psicológica. No están dispuestos, muchos gurús, a escuchar los resultados de su propio fomento de la asertividad en sus pacientes. Un gran paciente es aquel que, en el ejercicio de su libertad humana, nos confronta cuando tratamos de azuzarle para que regrese a un redil al que jamás perteneció. Un gran terapeuta es aquel que te ayuda a seguir siendo tú mismo sin todo lo que te hacía sufrir, en muchas circunstancias, innecesariamente.

Es por esto que el buen terapeuta, en mi opinión, debe transitar el equilibrismo ideológico, político, moral, de clase. Me gusta pensar que si en la exploración consentida de las alcantarillas de otra persona encuentro grietas, líquenes demasiado asfixiantes, pulsiones claramente perversas, delitos, faldas, lamparones…Lo son en la medida en que los alumbra mi juicio. Puedo, si los “juzgo” clínicamente dañinos, si acaso apuntarlos, indicarlos. No es fácil. Cuántas veces, en mi modesta experiencia, traspasé la línea, fisgué de más, confundí el papel.

A las personas no suelen gustarles los juicios personales. Si te dejan asomarte a sus vidas es con el objetivo de ayudarles a ser felices. Una persona feliz no se siente juzgada. Una persona feliz cae poco en el autojuicio. Una terapia no es una confesión. Es una opción diferente en el camino.

© pedro rico – psicólogo clínico

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