Pocas veces llora uno más por dentro que cuando es consciente de que quizás deba ir despidiéndose del niño que aun patalea en su interior…

La madurez, emocional o comportamental, se impone como vehículo indispensable para la progresiva adquisición de responsabilidades.

NiñoLa máxima expresión es la paternidad, momento en que cristaliza el equilibrio entre el niño y el adulto que habitan en nosotros…Quizás uno de los caminos hacia la felicidad sea conseguir que ese niño rebelde, inconformista y narcisista camine de la mano del adulto realista, ecuánime y cuyo ego se ha ido disolviendo en el mar de los demás.

El niño está insatisfecho, nada le es suficiente para saciar su voracidad por probarlo todo. Por eso vive en búsqueda constante, deslizándose por la cuerda floja entre la nada y el exceso, sintiéndose herido y ofendido si se le sitúa en la realidad o si se critica su idealismo natural. Lo quiere todo y lo quiere ya.

Si la gratificación posterior es lenta y lejana no le interesa. El niño desea lo que no tiene y una vez lo tiene pierde el interés. Es, por tanto, caprichoso e inestable. El niño cree que si los que le quieren dejan de expresárselo es que han dejado de quererle. Solo cree lo que ve. En este desenfreno emocional puede arrastrar a los que le rodean, utilizándoles sin intención para conseguir disfrutar de otro nuevo amanecer…

El adulto va aprendiendo el inevitable arte de la conformidad, viendo el lado bueno de las cosas e interiorizando el inabarcable refranero español. Para él la felicidad ya no reside solo en el riesgo sino en la tranquilidad. Las noches comienzan a utilizarse también para descansar.

Si la normalidad aprieta fuerte, se entregan a todo tipo de deportes, tratan de subirse al tren de lo moderno o dejan chillar al niño que fueron en una discusión marital o en un tremendo gol con los compañeros de trabajo. Si el niño le gana a veces la partida al adulto éste no aceptará el paso del tiempo, será un enfermo pésimo, egoísta en la amistad y en el amor, manipulador e incluso insensible…

Quizás la clave del equilibrio antes mencionado resida en no matar totalmente al niño que hay en nosotros, permitiéndole vivir en espacios y tiempos coordinados por un adulto maduro, que es quien debe controlar ese equilibrio. Para poder vivir en sociedad y en compromiso con los demás sin dejar de ser totalmente un niño.

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