Crímenes

american_psychoLa mente humana es un objeto de estudio y de asistencia complejo. Dedicarse a él exige paciencia y humildad. Un psiquiatra sabio del que tuve la suerte de aprender en Euskadi decía que de algunas mentes hay que ser, al menos al principio, un secretario. Como si esa mente portara un candil por una casa grande y laberíntica y tan solo pudiéramos ver sombras, algunas habitaciones cerradas y otras ventilando, agazapados tras él, como un niño asustado en un apagón.

Mi chica es aficionada al crimen. No me refiero a la tortura cruel de hacerme bajar a diario la basura de un falso tercero sin ascensor sino a su afición vehemente a los programas, documentales y series sobre crímenes. Paralelo a ello un amigo y yo seguíamos los crímenes de una niña en Santiago de Compostela y el llevado a cabo por el ya histórico José Bretón.

En las películas sobre crímenes siempre está representada la figura de alguien que ve más allá y que persigue hacia atrás el razonamiento “asesino”. El móvil, en definitiva, delirante o no, es la clave. Sin embargo, parece que la realidad es más compleja.

Los últimos crímenes que han tenido lugar en España (un país con crímenes de estudio en su historia reciente) son llamativos especialmente. Sierras, fugas al Este, parricidios, palizas brutales, torturas. Parece claro además que el crimen, el asesinato, crece en circunstancias más tensas. Aquí hablamos de los asesinos en serie, principalmente con rasgos marcadamente psicopáticos de personalidad, que matan a otros seres humanos. En su forma de hacerlo, en la arquitectura del crimen puede verse en ciertos casos la estructura de personalidad que hay detrás. Si podemos detectarlo podemos saber en qué poblaciones se da más. Se puede tratar de prevenir el desarrollo de rasgos psicopáticos en las mentes aun jóvenes. Lo peor que puede ocurrir es que dejemos de matarnos y de agotar el planeta.

Es casi unánimemente compartido que, como en tantos trastornos y problemas, el inicio está en la infancia y niñez. Se sabe que en la historia de un psicópata no es difícil encontrar abusos de diversa índole, traumas, desatención, hambruna, drogadicción. De otro lado, todos sabemos que hay psicópatas de salón, fríos y reflexivos, pulcros en su proceder, que proceden de clases altas. En esos casos suele darse una inmensa carencia afectiva o una sobreexigencia y sobreexposición emocional que generan reacciones aversivas primero y desprovistas de afecto después. En personalidades nutridas en la suspicacia y el pensamiento paranoide, no es extraño que se den abruptos ataques de ira que pueden recordar a aquellos asesinatos etílicos novelescos. La población general obvia el hecho de que mucho más que la psicopatología oficial hay una población de personas que mantienen ideas delirantes de un modo crónico sin que ello vaya acompañado de deterioro cognitivo como de la esquizofrenia, por ejemplo. Sí, hay familias que cuecen la hostilidad y la tensión, por tanto generan mayores probabilidades de criar mentes psicopáticas.

Más allá de lo evidente, hay mentes psicopáticas que no son abruptas. Son reservadas, observadoras, medidas. Gestadas en el autocontrol emocional, en la actualidad de sus vidas la emoción no es más que una leve nostalgia al visitar a sus padres. Eso, en el mejor de los casos. Hay casas frías, vidas consistentes en ir a venir de casa a un lugar y de ese lugar a casa. Hay madres nevera y padres marciales, y hermanos como un sabueso acechando en la esquina. Mis amigos suelen quejarse cuando trato de entender. Creen que trato de disculpar. Y es posible. Hay vidas como un sendero por una estepa. Hay teorías apoyadas por investigaciones cuasi experimentales que muestran la posibilidad de una heredabilidad que casi siempre está mediando. En consonancia un vasto número de investigadores buscan saber más sobre la genética de los psicópatas. Se sabe, además, que hay anomalías en zonas (ya famosas por su tratamiento popular en estos casos) como el córtex frontal y el sistema límbico.

En cualquier caso, para mí lo apasionante está en intentar entender a estos cazadores como solía llamarles un insigne psiquiatra patrio. Dónde, mediando los factores biológicos, se truncó la mente que permite sentir aunque sea unos segundos el dolor ajeno, proyectarlo incluso en el tiempo en forma de contención y mesura. Dónde decidieron y en base a qué procesamiento a su víctima, el modus operandi, las alternativas ante los distintos desenlaces. Por qué durante ese período de tiempo apenas un rato la duda moral o el temblor aparecieron para ruborizarles.

Las emociones se aprenden. Algunas, incluso, pueden identificarse con un período del desarrollo psicoevolutivo concreto. La vergüenza es una de las últimas emociones que aprende el infante. La moral puede estudiarse en el sentido de que va aferrándose a diferentes aspectos de la vida. A los padres, a los amigos, a la sociedad y a uno mismo. Muchas personas pueden comportarse y de hecho se comportan bien pero su conducta no proviene de una moral interiorizada. Los psicópatas, los de oficina y los violadores y asesinos, no tienen moral. En algún momento de su vida no aprendieron la naturaleza de las normas ni la aparición del otro en su vida fue posible porque el otro era elicitador del miedo o sencillamente no estaba.

La gran pregunta, si es posible reinstaurar la empatía, el respeto o el afecto, solo puede responderse en mi opinión de una forma individual. El afecto nace en el apego y en las figuras que lo asumen. Este apego puede ser seguro o puede ser traumático. Algunos dicen que ya no puede “aprenderse” lo que nace de una época concreta en nuestro desarrollo si no se fomentó en el momento ideal para hacerlo. Tienen no poca razón. La plasticidad cerebral es intensamente óptima a los diez años, pero se sabe que puede haber plasticidad hasta bien entrada la edad adulta. Como siempre en nuestro trabajo apenas hay certezas. La terapia grupal en contextos carcelarios puede ser una muy breve introducción a las emociones pero no es, sin duda, la mejor.

Como en tantas otras cosas puede uno caer en la cuenta de las causas de la psicopatía y de esas mentes frías que cometen asesinatos casi perfectos y generan sufrimiento son variadas.

He estado pocas veces ante un trastorno antisocial de la personalidad. La mayoría eran balas perdidas que la vida había maltratado en Vizcaya. Personas que habían consumido muchas drogas y habían perdido a mucha gente, para los que la vida valía ya poco. Pero aquí no estamos hablando de personas como aquellas, sino de personas que no consultan jamás a salud mental salvo perversamente o por imposición del entorno. No sienten. Como mucho, sienten un falso yo que es sensible al agravio. En el mundo de la inmediatez, hedonista o superviviente, no hay espacio ni tiempo para los demás; esto también genera ambientes propicios como en American Psycho. Son mentes rencorosas, narcisistas, perversas.

© pedro rico – psicólogo clínico asturias


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